abril 14, 2008

Las ciudades invisibles

Escritores, poetas, bardos, juglares; al igual que sus libros, poemas, leyendas y mitos, la mayoría de ellos se pierde en el olvido del lector que no comprende su mirada (no se necesita compartirla, aunque lo primero parece mucho más complicado). Hoy quiero dedicarle un espacio a Italo Calvino, a quien le sigo estando agradecido por mostrarme y tranquilizar aquellos momentos donde yo también quize vivir en los árboles para que todos supieran lo mucho que no estaba de acuerdo con lo que veía y me querían hacer ver. (Por supuesto en breve publicaré algo sobre Cosimo y Viola).

"Las Ciudades Invisibles" es un compedio de historias fantásticamente reales, en una época en donde se valía imaginar todo y ese todo era (una mentira) creíble. Hermoso momento aquél cuando se pierde la noción de ir y no haber ido. En particular, la siguiente ciudad fue un zarpazo a la extraña idea de no querer salir de ese atrás, del espacio tan herméticamente profundo, oscuro, ausente, húmedo y hecho a la medida (la cueva propia del oso). Corría el peligro de palidecer y terminar igual.

"Más allá de seis ríos y tres cadenas de montañas surge Zora, ciudad que quien la ha visto una vez no puede olvidarla más. Pero no porque deje, como otras ciudades memorables, una imagen fuera de lo común en el recuerdo. Zora tiene la propiedad de permanecer en la memoria punto por punto, en la sucesión de sus calles, y de las casas a lo largo de las calles, y de las puertas y ventanas de las casas, aunque no haya en ellas hermosuras o rarezas particulares. Su secreto es la forma en que la vista se desliza por figuras que se suceden como una partitura musical donde no se puede cambiar o desplazar ni una nota. El hombre que sabe de memoria cómo es Zora, en la noche, cuando no puede dormir, imagina que camina por sus calles y recuerda el orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas del peluquero, la fuente los nueve caños, la torre de cristal del astrónomo, el puesto del vendedor de sandías, la estatua del ermitaño y el león, el baño turco, el café de la esquina, el atajo que lleva al puerto. Esta ciudad que no se borra de la mente es como un armazón o una retícula en cuyas casillas cada uno puede disponer las cosas que quiere recordar: nombres de varones ilustres, virtudes, números, clasificaciones vegetales y minerales, fechas de batallas, constelaciones, partes del discurso. Entre cada noción y cada punto del itinerario podrá establecer un nexo de afinidad o de contraste que sirva de llamada instantánea a la memoria. De modo que los hombres más sabios del mundo son aquellos que conocen Zora de memoria.

Pero inútilmente emprendí el viaje para visitar la ciudad: obligada a permanecer inmóvil e igual a sí misma para ser recordada mejor, Zora languideció, se deshizo y desapareció. La Tierra la ha olvidado".

Las ciudades y la memoria. 4.

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