Esta vez fue bastante sorpresivo. El Cardenal apenas lo terminó y estaba ya en comunicación conmigo, pidiéndome (en una conjugación del modo subjuntivo) que lo consiguiera, leyera, disfrutara y compartiera. Es el libro que, en proporción, más marcas ha tenido en los últimos 2 o 3 años. Fue una recomendación de un encuentro fortuito, valiosísimo, del que habrá de hablarse muchos, muchos años. Todo esto - la frecuencia, la velocidad, la pasión y la necesidad de hacérnoslo saber- fue inquietante, aún para mi, que creo conocerlo de tantos años y tanas vidas ya.
En un tiempo en el que la guerra había arrebatado todo: el pasado, el presente, la historia y la esperanza, y en el que una de las pocas opciones era huir, correr, desaparecer y volver a empezar en un rincón escondido del mundo y del recuerdo (y por lo tanto, del olvido), en donde uno sólo podría abrazarse en el silencio de la incredulidad, la impaciencia y la monotonía. Europa del este, La Pampa, un poco más hacia el oeste - pero siempre al Sur. La lluvia, el viento, la noche. La sensación de vacío que a uno lo envuelve al no ver el final del horizonte. Una lengua que no parecería real, por hermosa, por lejana.
"La mujer de Strasser", de Héctor Tizón. Y los espacios que uno creía conocer sólo por Martín Fierro o los cuentos de Horacio Quiroga; los colores de una historia y un espacio de una (auto)biografía de Borges, de la mente de Bioy o, quizás, del mismo Bustos Domecq. La sensación de haberlo vivido todo tras esas fantasías y alucinaciones del Cardenal cuando habla de Las montañas, La nieve, La soledad.
La resignación, si bien es un paso necesario para poder levantar el equipaje (el poco que quede y que deba acompañarnos) y seguir, es también la antesala de ese abismo del que deberíamos intentar día tras día alejarnos, y que parecería tan adictivo. (Es definitivamente posible que los más se equivoquen).
Comparto:
- Después, al abrigo en la barraca ya estaban los tres y la anciana dijo: "No quiero tener nietos de piedra o de humo. (...) No queremos tu boca, ni tus cabellos ni tus hijos que serán como nietos de jabalíes. (...) Las otras mujeres como vos, las que no envejecen hasta la vejez, no se cuidan de no querer, porque ellas pueden. Tienen en la entrepierna el ardor del aire y la enjundia de los conejos. Las nuestras no, porque no pueden vivir pariendo más bocas que coman y por eso es que, apartados, nos encomendamos a San Atanasio y al agujero de la tierra y la sal, porque ahora sólo tenemos penitencia y cenizas; los pájaros que cazamos no caen ya en nuestras manos ni en nuestras bocas y se pierden entre las ramas y las hojas y sólo recogemos aquellos pocos y enjutos que logran colarse por entre la inquina de los dedos del Señor. Y por eso no te queremos ni queremos a ninguna del color de tus ojos que viene a comer de nuestra pobreza".
- "Hoy he visto en el espejo mi cuerpo desnudo, amortecido y abstracto; los días se suceden sin sentido, como el tenue y silencioso caer de las hojas, y sin embargo creo que nunca quise nada que no fuese vivir. Miro a lo lejos desde la ventana que da al campo abierto, a las montañas crepusculares y al cielo, hasta enajenarme. Siento zumbar la brisa y siento la lluvia y la veo caer sobre todo lo que veo y escucho mi respieración como si fuera ajena. Todo es tanto y tan poco. Un gallo canta y la luna asoma sólo porque sí. Todo se ha vuelto insoportabe, excepto las ganas de una vida".
- (...) Las lágrimas, el dolor, el miedo han creado a Dios, no el amor. El amor no necesita de nada. Así como el frío y el horror de la noche han creado al fuego; porque Dios y el fuego son la misma cosa.
diciembre 06, 2012
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