julio 23, 2012

La Primera Llamada

Hoy, el Cardenal Macbeth de Pompisquieau dio su primera señal de vida desde aquel lejano invierno de 2010-11. No había tenido noticia alguna de el; sin embargo, no hay embargo - así es el. Así son -y han sido siempre- las cosas con el; así lo predica: las personas no cambiamos. No estoy seguro de su paraje o de su morada, pues no había ningún tipo de remitente o sello postal en su mensaje (no le sé lo suficiente a la IT como para que por esa clave/número de pinchemil dígitos pueda saber si está en México, en Pompisquieau -último lugar donde supe que estuvo-, o si ha logrado volver a América, el paraíso -Milton dixit-). Tampoco importa mucho. Estoy seguro que sabe del Peje y de Peña, de Aurora, de Alaska, Washington, Oregon y DC, de Repsol, Rousseff, Humala y Chávez, de Guanacaste y Galicia, de La Rebelión de los Pelones, Dublín y Macarena, de los Doctores y los Doctorados, de Cincinnati, el bisturí ultrasónico y las canas, del CIDE y la distancia, de los divorcios, las graduaciones, los desencuentros y los encuentros que nunca se dieron. Y asumo que habrá mucho ruido. Así es el.

Me pidió que, a manera de primicia, compartiera unos pasajes de un libro que, según me dice, resultó trascendente para su vida. Presiento que más por el contenido del mismo, lo fue por lo que representó para el, pues había escuchádolo muchas veces decir lo difícil que le estaba resultado conseguirlo, lo diferente que la retórica resultaría, y lo familiar que creería que lo sentiría una vez que lo terminara. But I'm thinking out loud. El me (nos) lo hará saber a su debido tiempo. Debo reconocer, con un poco de pena -quizás-, que la desesperación por entenderle y comprenderle (y la evidente frustración por no haberlo logrado) me hizo intentar dejarle de lado, aunque fuera sólo por un poco de tiempo; durante el frío, el Cardenal resultó ser una sombra que me persiguió noche y día, una culpa de la cual uno no encuentra descanso o perdón, una aguja que cual tortura resulta como una oscura agriedad, una pesadilla de presencia perenne, aún en los días de sosiego. Pero todo llega a su fin.

Vietnam es un lugar que no conozco, y que por azar del destino, se que algun día visitaré. Cada diferente lectura que busco y hago sobre esos horribles años 60s y 70s me resulta una historia que desearía no se hubiera escrito nunca. Es sin duda uno de los capítulos más negros, pinches y despiadados que hayan existido jamás. La humanidad debería sentirse apenada. Pero la vida sigue, y las decisiones tienen un costo. Quienes lograron sobrevivir y salir adelante, compartieron sus historias. Esta es sólo una de ellas.

Tomo 2 de los 5 pasajes que me fueron encomedados - por cuestión de aturdimiento, los últimos 3 los pondré durante los siguientes días (gran pretexto para darle continuidad a este espacio). Takeshi Kaiko así entendió el episodio. Una Luminosa Oscuridad.

"Por una de las ventanas se veían, hacia un lado, trincheras, campos minados, a lo lejos un bosque de árboles de hule, una carretera y campos de arroz ya cosechados. Por el otro, podían contemplarse algunos arrozales, matorrales, una suave colina, y después la gran muralla de la inmensa jungla. La gran muralla de la jungla cubría completamente el horizonte. Los largos dedos de la tarde apenas alcanzaban a tocar las copas verde oscuro de los árboles. No había campesinos, ni niños, ni búfalos de agua. El humilde, el gran crepúsculo penetraba susurrando en el silencio. El cielo era un incendio, un todo de sangre. Púrpura, dorado, carmesí, azul oscuro, un caleidoscopio pleno de color que gritaba en la agonía de la tarde. Había momentos en que al sonar el eco de un lejano gong de bronce, la misma choza aparentaba estar en llamas, ardiendo en el incendio del crepúsculo."

"Los periodistas se irritaban haciendo brillar sus ojos como puñales; se hablaban en voz baja buscando un lenguaje común, al que trataban de dar forma, aunque sabían que eso era inútil. Con seguridad, después de hablar, la gente buscaría conclusiones breves. En el instante de sacar una conclusión comprenderían que, de alguna manera, ellos se habían traicionado despiadadamente a sí mismos; eso transformaría sus miradas en miradas de desprecio, pero no podrían evitarlo. Algunos decían que la guerrilla es como el judo en el cual un hombrecillo débil utiliza la propia fueraza de un hombrón para lanzarlo. Algunos decían que aquella era una lucha de monstruos de diferentes tribus. Algunos decían que aquella lucha se llevaba a cabo entre los que tienen y los que no tienen. Algunos decían que era una guerra de hombres contra máquinas. Algunos decían que era una guerra de amarillos contra blancos sostenida por los amarillos y los negros. Algunos decían que era una lucha entre la noche y el día, o entre un elefante y un ratón. Era una lucha entre lo primitivo y el átomo, entre el deseo de cambio y el deseo de que nada cambiara. Algunos decían que era una lucha entre la ciudad y el campo; entre la virtud y el vicio. Algunos decían que era una lucha entre una batalla y una guerra; otros decían que para un bando era un encuentro de box en el que está prohibido golpear bajo el estómago según el sistema del marqués de Queensberry y para el otro bando era una guerra al estilo del box tailandés en el cual se puede patear o golpear en cualquier lugar; al escuchar este punto de vista alguien que estaba al lado se encogió de hombreso y fríamente dijo: ¡Vete al diablo!".