Los últimos tres meses han sido turbulentos para La Barbarie. Los desacuerdos, la discordia y las guerras brotaron por todos los frentes, sin piedad. Fue un momento de total desintegración, de confusión, de miedo. Por ahí hubo también tristeza y nostalgia, la cual intentamos aliviar con la brisa del mar y la soledad de montañas. Me atrevo a decir que por momentos percibí también rencor. Las parejas se distanciaron, se lastimaron, con palabras y acciones viles y con el objetivo único de destruir y dejar atrás. ¿Qué hacer cuando todo lo ve uno desde fuera y a la vez no debe señalar culpables (aunque los vea)? It is all about a silent mourn. Vi las películas más tristes, escuché y compartí los silencios más oscuros, sentí a mi alrededor el estertor más penetrante. No pude hacer nada para aliviar el dolor provocado por la traición de unos con otros (¿cómo hacerlo, sino con un abrazo, con compañía y con sólo unas palabras honestamente brutales?). Estaba seguro de que un nuevo ciclo había comenzado, que la fractura era irremediable, la distancia imprescindible. Buenos Aires, hoy, vayamos juntos a patear el Sol. Parecía que el amor no sólo no era suficiente, sino que parecía ni siquiera ser necesario. La angustia, los celos (siempre los estúpidos celos), la frustración de la impotencia. Fue un desastre, a pesar de la alegría que sólo a momentos podía profesarse. Ver y sentir y vivir todo este cúmulo de nubes es una experiencia aterradora, como un dolor perenne que oprime el pecho y te deja sin aire, casi vacío. Una muerte sutil. Sin embargo, experimentar en cuerpo ajeno es el error más inocente, y también el más arrogante. Lo cometí. Cómo remediarlo.
Mientras ellos se refugiaron en el silencio, el Cardenal, quien ha estado siempre observando y sintiendo a esta Barbarie como parte suya, y que parece llevar una vida algo paralela a ellos, vivió también su propia y penosa guerra, pues después de 7 años culminó (con gritos) un libro que al parecer no debió haberse escrito nunca, y que aún concediéndole el derecho a mostrar cuán terrible podía ser, se negó a ser terminado hasta no haber cruzado el arcoiris, haber rondado la frontera de la locura y, de paso, tener versos apócrifos. El contenido en su mayoría está lleno de historias oscuras, de sombras y de mentiras. Al final, contra todos los pronósticos, y con un frío velo de telón, fue posible mantener la calma a pesar de la ansiedad, la sorpresa y la taquicardia, guardar el (poco) tacto, la cordura y el sentido común [la sensación de estar colgado de un avión... de sentir lo que el viento nunca se llevó]. Se dijo lo suficiente: ni más para aburrir o redundar, ni menos para no dejar claro. El libro fue puesto en el anaquel de la historia, ésa que nadie recuerda y que dejó de ser imprescindible, con el sello del perdón y la sentencia del olvido. Y nada más. Después de haberme enterado de tales acontecimientos, debo decir que concuerdo con el Cardenal. Quoting Frodo, "how do you pick up the trends of an old life, when in your heart you begin to understand there is no going back?"
Sin embargo, hay quienes realmente están convencidos que no sólo es posible perdonar por completo, sino que se puede volver atrás, redescubrir el sentimiento, reencontrar los nexos y seguir escribiendo historia. Se esfuerzan por demostrarse que es posible limpiar el terreno, podarlo de la mala hierba, curarlo de su erosión, de sus vicios y sus hechizos y limpiar la tan abudnante tristeza. Volver de nuevo esa zona común un nido de confianza, de cariño. Hacerlo de nuevo fuente de luz. Me aterra la idea. Y me aterra por lo cierto que puede ser, porque en el fondo deseo que algún día pueda ser verdad para poder dejar entonces de lado aquellos paradigmas sobre el estoicismo, la libertad, la lealtad y la templanza. Y sobre todo, me apanica la idea por que no lo creo.
Al final, parece que las personas en verdad no cambiamos. Toda la lista de virtudes y defectos parecen ser indelebles, tanto en nosotros como en la percepción que tenemos de los demás. Algo así como tatuajes eternos que ni siquiera la voluntad o la muerte pueden modificar. El fin de semana todo volvió a la antigua normalidad. O casi todo. Al parecer esta conflictiva Barbarie volvió a ser (para seguir siendo) la misma familia feliz, cantando y bailando al unísono una canción por adjetivo feliz, buscando la manera de dejar momentáneamente de lado la realidad, las preocupaciones, el stress y toda adversidad cotidiana para soñar sueños poco o nunca antes soñados por algún mortal. Vivir, dormir y despertar todos juntos, sin importar siquiera si existen las 3 o 4 o 10 dimensiones en las que aparentemente coexistimos. Hacer el recuento de los daños y volverse a reír para empezar de nuevo. Es un ciclo tan cómodo que no hay razones para romperlo o desviarlo de su cauce y caída natural. ¿No es esto lo que todos deseamos? Un cambio a tan amable contexto es decabellado, pero siempre la semilla y la sombra de la novedad se asoma en algunos. Evidentemente en el Cardenal. Y en mí. ¿Qué sucedió con el Cardenal que decidió no volverlo a intentar? ¿Por qué no rescatar lo que no parecía perdido? ¿Qué necesidad de no flexibilizar un código que alrededor funciona? ¿Por qué esta terquedad por unos principios arcaicos que no permiten lugar para alguna debilidad o desviación hacia el Dark Side o "El Abismo"? La respuesta es simple: porque funciona. Parece que las personas, en verdad, no cambiamos.
julio 30, 2008
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